A las tantas de la noche, alguien llama con urgencia a la puerta de casa. El apresurado golpeo de la aldaba, aunque débil, casi como un zumbido, interrumpe el hipnótico crepitar de la leña en la chimenea y saca al coronel de su ensimismamiento. Se levanta pausadamente de su mecedora, entre los chirridos del roñoso mueble, y se dirige hacia la puerta sin inquietarse lo más mínimo. Diciembre de 1937. Corre el cerrojo y abre despacio. Desde sus caídos ojos de perro viejo contempla la nocturna estampa de un vecino del pueblo. El hombre, visiblemente nervioso, respira con agitación y le insta a entrar rápido en la casa. El coronel accede sin inmutarse. Mientras cierra la puerta, observa cómo el tipo saca del bolsillo de su roído gabán una hoja de papel varias veces doblada. Al desdoblarla, el fuego de la chimenea evidencia el temblor de su pulso. El coronel se acerca al hombre. Este lo mira fijamente con ojos fulgurantes, reflejo de la lumbre del hogar o, quizá, de sus propias llamas.

-Señor, le traigo la lista con los nombres de los del pueblo que hay que matar -dice, y se la tiende al coronel.

El coronel le sostiene la mirada con intensidad. Después coge la hoja y la observa detenidamente. Lee los nombres, uno a uno, en su mente. Repasa la lista de arriba a abajo varias veces y, después de un largo silencio, espeta:

-Aquí falta alguien.

-¿Quién falta? -El tipo se sorprende. Frunce el ceño, escruta la hoja... Se hace de nuevo el silencio.

-Falta tu hermano.

-¡No, mi hermano no! -Exclama el hombre, horrorizado, y el fuego de sus ojos se torna en súplica.

-Si no vas a meter a tu hermano en la lista, no quiero que toquéis a nadie. Si muere alguien de este pueblo, me lanzaré sobre vosotros. Y, ahora, márchate.

...

Aún quedaba más de una década para que mi padre naciese. Él me cuenta de vez en cuando esta historia de la guerra porque conoció a aquel coronel con un par de huevos. Y ni sé de qué bando era ni me importa lo más mínimo.